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29 de febrer
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COMO LA UCD
MARIO ZUBIAGA
Profesor de la UPV/EHU
  GARA
   
 

Las relaciones dentro de un sistema de partidos se manifiestan como oposición, coexistencia o competición, en función de la distancia interpartidaria en los ejes de conflicto principales y la relativa coincidencia de los «territorios de caza» de los partidos.

Si la distancia ideológica en los ejes principales ­derecha/izquierda y, en nuestro caso, principalmente en el eje independentista/centralista es muy grande, los territorios de caza donde cada partido intenta capturar sus votos no se solapan y la relaciones suelen ser de oposición. En este supuesto, a nivel electoral no hay compe- tencia real, sino enfrentamiento entre compartimentos estancos, y en la práctica institucional sólo son posibles coincidencias puntuales en negativo. Es evidente que entre el PP y EH es ese el tipo de interacción principal. Ambos se alegran de la derrota mutua, único consuelo en la noche del domingo.

La relación de coexistencia se produce cuando siendo reducida la distancia ideológica en los ejes principales, los territorios de caza de los partidos no coinciden, ya por especialización electoral (caso de PP y UA), ya, preferiblemente, por divergencias en la socialización política de los votantes respectivos que impiden, salvo situaciones extremas, una fácil transferencia de votos entre los partidos que coexisten. Es el caso de las relaciones tradicionales entre PNV y EA, o entre PSE y PNV, o como hemos visto el domingo, salvo porcentajes mínimos, entre EH e IU. Estas relaciones de coexistencia favorecen los acuerdos de gobierno con reparto de parcelas institucionales, coaliciones «transversales» o confluencias o fusiones partidarias.

La relación de competencia se produce cuando las distancias ideológicas entre los partidos no son muy grandes y el territorio de caza coincide en gran medida. La relación de competencia es la principal en situaciones políticas normalizadas en las que los partidos gobernantes funcionan como partidos «atrapalotodo» en un régimen de cuasi-alternancia. Pero son también relaciones importantes en elecciones «preconstituyentes» como las del domingo.

La primera competencia. En estas elecciones el primer nivel de competencia se ha producido entre el PSE y el PP, indistinguibles ideológicamente pero envueltos en el viejo dilema entre original y copia que siempre lleva al elector a elegir el original, es decir, el PP, en detrimento de la copia. Salvo el curioso voto de castigo a los populares en Araba y la transferencia inversa de votos, ésa es la principal razón del estancamiento a la baja del PSE (un escaño menos) con índices de participación «a la generala», otrora muy favorables. Parece mentira que el PSE, con politólogos tan listos en nómina, haya creído en la milonga del sorpasso al nacionalismo vasco y se haya dejado engatusar por el melifluo Mayor. Es cierto que en los últimos días de campaña los más avispados han recordado las virtudes de la coexistencia PNV-PSE, y que una vez olvidado «el necesario correctivo democrático» al PNV los socialistas volverán rápido al camelo consociativo: renuncia tú a tus dogmas, la independencia, que yo no renuncio a los míos, la unidad de España. Por eso no es descartable que el PSE, tras una leve autocrítica muy poco redonda, pretenda lanzarse nuevamente en los brazos del PNV. Todo sea por no alejarse del poder, de cualquier poder.

La segunda competencia. A pesar de sus distancias en el eje nacional, y al margen de su bolsa de votos tradicionales, el PNV y el PP compiten en el territorio de caza del voto «apolítico», conservador sin etiquetas. ¿Por qué ha ganado el PNV?, o mejor, ¿por qué no ha ganado Mayor?

Si la mayoría de la sociedad vasca quiere cambiar no es precisamente en el sentido que propugna Mayor. Las encuestas repiten que la parte de la sociedad vasca que desea más autogobierno es ampliamente mayoritaria y que la independencia es una opción todavía minoritaria pero creciente, incluso entre las filas de los entusiastas que aplaudieron a Ibarretxe en la noche electoral. Es decir, que la tendencia de fondo en la sociedad vasca no es menos poder y más sujeción a España, sino más libertad y autogobierno. Mientras tanto, el PP, como Sanz en Navarra, en el mejor estilo autoritario pretende ahogar con involuciones jurídicas un deseo político insatisfecho creciente. Es ese viejo tic carca (vieja palabra rediviva) que incapaz de seguir el ritmo de la historia, pretende acogotar con el BOE las demandas populares; nacionales o sociales.

En segundo lugar, al margen de sentimientos nacionalistas que siguen siendo mayoritarios (el reparto con- tinúa siendo de 60/40), la gente no nacionalista vasca, además de creer en la antigua ecuación de que más autogobierno es sinónimo de paz, ha apreciado la gestión nacionalista de un comunidad con tasas relativas de bienestar muy altas. En estas elecciones el voto conservador no era el de Mayor sino el de Ibarretxe. El voto apolítico se ha dirigido a EAJ-EA, porque más que los mensajes apocalípticos de los tertulianos madrileños, ha apreciado la calidad de Osakidetza. Y esto vale tanto para el PP como para el PSE de la margen izquierda.

La tercera competencia. Esa relación de competencia, dirimida por la utilidad, se ha producido también entre PNV y EH. Es evidente que una parte del voto abertzale independentista ha optado por una barrera defensiva más eficaz y sólida, la de EAJ-EA. Por si acaso, la llave se le han dado al PNV antes de la investidura. Un caballo de Troya independentista y crítico con ETA que intranquilizará sin duda a los michelines, y condicionará un poco su victoria. Pero sin negar las consecuencias de una situación de emergencia nacional, conviene valorar en su medida el voto de castigo a una respuesta quizás inadecuada al fin de la tregua, y obrar en consecuencia.

Al margen de las explicaciones derivadas del trasvase de votos, no podemos olvidar que la confianza otorgada a Ibarretxe está imbricada en un proceso político no normalizado, que se resuelve en la opción entre involución, reforma o ruptura del sistema vigente. ¿Qué ha ocurrido en esta dimensión? La sociedad vasca desea un cambio, y no precisamente el que propugnaban PP y PSE. Un cambio que, como en el 77, se resume en traer la democracia (dar la palabra al pueblo vasco) y la paz a Euskal Herria. Un cambio sustentado en una amplísima mayoría que desea autodeterminarse políticamente. No caben gobiernos de gestión como los de Ardanza. No caben acuerdos transversales «entre demócratas». Ese discurso ha quedado superado por los resultados.

Como ocurrió con las mayorías minoritarias de la UCD de Suárez en la elecciones españolas del 77 y 79, el nacionalismo moderado ha obtenido la confianza del electorado para dirigir un cambio tranquilo, una transición con equilibrios y apoyos alternativos no estables que permitan implicar a españolistas e independentistas en un proceso que al menos en las tres provincias lleve al ejercicio más o menos maquillado «constitucionalmente» del derecho de autodeterminación. Para ello, el PNV y EA no podrán buscar acuerdos de coalición estables con el PSE, que conllevarían la oposición radical y el veto de la izquierda abertzale, pero tampoco será fácil un nuevo acuerdo como el del 98, salvo que una vez evitado el peligro de pérdida de la hegemonía en el campo abertzale, el PNV se sienta más dueño de la situación. Basta con atender a los resultados en Gipuzkoa. En este sentido, aunque no haya acuerdos abertzales amplios, el PNV y EA no debieran pensar que un proceso únicamente vascongado, por mucho que se base en el ejercicio real del derecho de autodeterminación, pueda dar por finiquitado un ciclo de reivindicación en el que la territorialidad se ha convertido en el eje principal del movimiento independentista. De ahí que la coordinación del proceso vascongado con Udalbiltza sea esencial para una construcción nacional pausada, tranquila y eficaz.

En esta situación, un gobierno abertzale «conductor de proceso» como el de la UCD, sin propuestas políticas claras y preestablecidas, salvo las relativas a los principios o la metodología a seguir en la resolución del conflicto (no violencia, diálogo y autodeterminación) es la caracterización más probable de un acuerdo PNV-EA con la colaboración externa de IU. Ese acuerdo se verá facilitado con la asesoría técnico­discursiva del pacifismo inteligente, una vez sumidos en el más absoluto de los ridículos los neopacifistas energúmenos liderados por Savater.

Hoy, la solución basada en la tan manida transversalidad pasa paradójicamente por un gobierno «políticamente correcto», casi neutro, sin opciones transversales cerradas que impidan una gestión adecuada de un cambio asentado en la paz, el diálogo y la autodeterminación. Sin condiciones ni límites previos, y sin olvidar quién es el sujeto titular del derecho, Euskal Herria, aunque la voluntad se exprese diferenciadamente.